Awelé el juego de mesa

«Awelé, una gran idea en evolución permanente» Con este título iniciamos una serie de artículos en los que Oriol Comas nos hablara sobre los 15 juegos que bajo su prisma cambiaron el mundo de los juegos de mesa.

«Si hay algún juego que después de miles de años esté en constante reinvención son los juegos de Mancala. “Juegos” y no “juego” porque esta denominación agrupa centenares de juegos con nombres y reglas distintas con una base común.«

Hace muchos, muchos años, en alguna parte de África, junto a algún mar, alguien (¿un niño, una niña?) quizá cogió unas conchas. Las tuvo un rato en la mano; le gustaban, eran pequeñas y blancas. Entonces tuvo ganas de contarlas. Se le ocurrió, quizá, que si hacía agujeros en la arena y ponía las conchas, podría saber cuántas tenía. Para contarlas las cambiaba de agujero, así era más fácil. Hacerlo le gustó tanto como tener conchas.

Quizá lo explicó a su familia, a los amigos. Jugando, jugando, poco a poco se fue creando un juego de mancala. Mucho después, cuando las conchas se convirtieron en moneda, se comenzó a utilizar semillas de Caeselpina bonduc, un arbusto que crece aquí y allí, en buena parte de África. El juego de cálculo pasaba a ser una metáfora de la siembra y la fecundidad de la tierra.

Desde aquel tiempo remoto y hasta ahora, de pueblo en pueblo, a través de la sabana, la jungla o las tierras áridas, toda África juega a uno u otro juego de Mancala. Se extendió tanto que hoy se juega también en el Caribe y en el sudeste asiático, en Oriente Medio y en Asia central. Como no tiene un nombre ni unas reglas oficiales, en cada sitio se conoce con un nombre diferente, a veces con el nombre del arbusto cuyas semillas se aprovechan como fichas.

Sea cierto o no este origen, inspirado en el libro Awélé, le jeu des semailles africaines, de Pascal Reysset y François Pingaud, los juegos de Mancala son ahora los juegos más jugados del mundo. Todos los juegos de Mancala (nombre que parece provenir del árabe naqala, “morir”) tienen tres características comunes y que los diferencian de otras grandes familias de juegos:

a) los jugadores comparten las fichas (sean semillas, conchas o piedras),
b) se juega distribuyendo las fichas de una en una, normalmente haciendo un recorrido circular por los agujeros del tablero, operación que se denomina siembra,
c) puede haber más de una ficha por agujero.

El Awelé, el Mancala más viajero

Five Tribes, un juego de mesa moderno que utiliza el mancala como mecánica principal

El Awelé es uno de los juegos de Mancala de África occidental y sin duda el más conocido en Europa. Como pasa con otros importantes miembros de la familia, se lo conoce con muchos nombres diferentes y con variantes sobre las reglas de base. Que sea tan conocido hace que, a veces, se use erróneamente el nombre de Awelé como genérico de juego de Mancala. Las competiciones que se hacen en Europa se juegan con estas reglas “internacionales” del Awelé.

Para jugar hace falta un tablero de dos hileras de seis agujeros y cuarenta y ocho semillas. Juegan dos personas que ponen el tablero delante de ellas, de manera que cada una tiene delante una hilera de seis agujeros. Esta hilera es su campo. Se ponen cuatro semillas en cada agujero, se echa a suertes quién hará la primera siembra y ya puede comenzar la partida. El objetivo del juego es haber cosechado más semillas que el adversario al final de la partida.

Por turnos, cada jugador coge todas las semillas del agujero que quiera de su campo y las siembra. Es decir, las coloca de una en una en sentido contrario a las agujas del reloj en los agujeros siguientes del que ha vaciado. Si siembra desde un agujero donde hay doce semillas o más no puede dejar ninguna semilla en el agujero de partida.

Hay una jugada especial llamada dar de comer: cuando un jugador no tiene ninguna semilla en su campo, el otro, entre las posibles jugadas, debe elegir una que permita la siembra del adversario.

Cuando la última semilla cae en un agujero del campo adversario (los seis que el adversario tiene delante) y en este agujero hay, después de la siembra, dos o tres semillas, el jugador que ha sembrado las cosecha y se las queda. Pasa lo mismo con todos los agujeros anteriores seguidos, si cumplen las mismas condiciones: campo del adversario y dos o tres semillas después de la siembra. Si un jugador hace una siembra que dejaría al adversario sin semillas no cosecha ninguna.

La partida acaba cuando quedan tan pocas semillas en el tablero que ningún jugador las podrá capturar. También acaba cuando un jugador no tiene ninguna semilla en su campo y el otro no le puede no le puede dar con ninguna siembra. Cada jugador se queda las semillas de su campo.

En un catálogo inacabable, se pueden destacar otros Mancalas como el Mulabalaba de Zambia, que se practica en un tablero de cuatro hileras de ocho agujeros, aunque se puede jugar con las mismas reglas en tableros de cuatro hileras y doce agujeros e, incluso, de dieciséis.

O el Congklak, de Indonesia, cuyo tablero tiene dos hileras de cinco agujeros cada una y cincuenta cauris (unos pequeños moluscos cuyas conchas se usan como fichas).

O aún, el Bao de Tanzania y Zanzíbar, que se juega en un tablero de cuatro hileras de ocho agujeros cada una y que recibe con todo merecimiento el sobrenombre de “el juego de los maestros”, tanta es la complicación de sus reglas.

Un juego social

Si se me permite una anécdota personal, a mi me enseñó a jugar al Awelé Mammadou, un senegalés afincado en la comarca catalana del Maresme. Me preguntó si realmente quería aprender a jugar, poniendo en duda que yo fuera capaz de jugarlo con la habilidad suficiente.

“¿Cómo puedes decir esto? Claro que quiero aprender”, le respondí algo airado. Tranquilamente, Mammadou, mientras me mostraba los movimientos básicos, me sacó de mi error: no dudaba de mi capacidad, simplemente ponía en duda que los europeos entendamos que lo importante de una partida no es ganar, sino el rato que pasas hablando con tu adversario. Para él, para un africano, ganar no es lo principal, sobretodo porque si ganas, todo el mundo quiere jugar y hablar contigo y en la vida, además de jugar, hay otras obligaciones.